Domingo

Leer con oración:
Lc 7:11-15; Gá 5:22-23

“El Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos”(Ap 7:17)
ser sensibles a las carencias de las personas

El tercer requisito para que haya fructificación es saber oír a las personas. Es importante identificar cuáles son las necesidades de las personas. Para eso, existen dos maneras: ver y oír. En determinadas ocasiones es necesario oír más y hablar menos. Las personas están necesitadas de que alguien las oiga. A medida que las oímos, Dios nos dará discernimiento sobre qué hablar.

En los evangelios encontramos varias situaciones que comprueban cuánta sabiduría tenía el Señor para identificar y tratar con la situación de cada necesitado. Él identificó que la mujer samaritana buscaba perdón; que Nicodemo carecía de salvación; que había personas hambrientas y sedientas por alimentos; que el ciego anhelaba volver a ver y, finalmente, que Lázaro, que estaba muerto, necesitaba la resurrección. En todos esos casos, el Señor apacentó a los necesitados.

Lucas 7:11-15 dice: “Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el Señor la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores. Y acercándose, tocó el féretro; y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Entonces se incorporó el que había muerto, y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre”. Las condolencias del Señor Jesús vinieron junto con una acción humana: Él tocó el féretro y, movido por una íntima compasión, ordenó que el muerto se levantara. Fue una explosión de amor de parte de Jesús para con aquella pobre viuda de Naín, quien llorando, acompañaba el cuerpo de su único hijo al sepulcro.

Las personas carecen no sólo de palabras reconfortantes, sino de amor sin hipocresía y misericordia de los cielos. Nuestro lenguaje corporal determina cuánto las personas se sienten seguras en abrirse a nosotros clamando por ayuda. Si no saludamos a nadie y tampoco sonreímos con facilidad, ciertamente las personas no se acercarán a nosotros ni buscaran ayuda y oración.

El cuarto y último punto a tratar con respecto a la fructificación es sobre ministrar a Cristo. Si por un lado el conocimiento doctrinal no va acompañado de amor, entonces no es provechoso. Por otro lado, la falta de lectura de las Escrituras y la ausencia de comunión con el Señor nos volverá vacíos en cuanto a qué ministrar a cada uno. Necesitamos aprender cómo ministrar a Cristo según la necesidad de cada persona. Y eso sólo ocurre si Lo disfrutamos en nuestra lectura diaria de la Biblia y de los libros espirituales. Al igual que un médico receta un medicamento de acuerdo con la enfermedad del paciente, así también debemos reconocer la condición humana de la persona con la que estamos conversando para que le “recetemos” el “medicamento” adecuado. De esta manera, al contactar a las personas, el amor fluirá de nosotros hacia ellas.

Punto Clave:
Ministrar a Cristo de acuerdo con la necesidad de cada uno.
Pregunta:
Según el texto de hoy ¿Cuáles son el tercer y cuarto requisito para que haya fructificación?